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Sociedad
Cultural
| Con los ojos… ¿Cerrados? |
| Cultural - Ficciones | ||||||||
| Escrito por Jorge F. Holguín | ||||||||
| Miércoles 20 de Enero de 2010 00:18 | ||||||||
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Cuánto dolor encapsulado, cuantas lágrimas derramadas y no derramadas, cuanto silencio… requerido, cuánta sangre vertida… cuanto miedo “reprimido”. Ese fue el aperitivo que me tomé con dos abueletes en el bar de la plaza del pueblo un sábado a medio día, compartiendo un chato de vino. Creo que nadie puede ponerse en la piel de quien no haya sufrido lo mismo en sus propias carnes. Yo, al menos, no era capaz de encajar toda aquella información sin sentirme desolado. - Que desgracia más tremenda la de tener que soportar, día tras día, el suplicio de no haber dicho no, y morir por ello, que vivir en la agonía de pensar… ¿habrá sido la bala de mi fusil la que le alcanzó? ¿Seré yo el responsable de su fin? - ¡Si no lo haces tú, te lo harán a ti! ¡No dudes que es tu vida contra la suya! ¡No lo pienses, sólo cierra los ojos y dispara! - ¡¡Si no estás con nosotros, estas contra nosotros!! - Ahí no había dos Españas. Ahí sólo había terror… terror de hacer un mal irremediable a alguien por quien, semanas atrás, habrías dado la vida. Esa vida que ahora puedes arrebatar si cumplías con lo que te estaban exigiendo. Claro que si no lo cumplías… es tu vida la que está en juego. Esta reflexión es la que me hicieron aquellas personas a quienes el monstruo de la Guerra obligó a defender unas ideas, fueran del bando que fueran, y cuyas consecuencias pagarían durante el resto de sus vidas. Aun hay quien las está pagando, como fue el caso de aquellos dos amigos, luego enemigos y finalmente amigos, unidos por un vínculo de sufrimiento y dolor. Ese lazo de tragedia que ató sus vidas a un fusil, a largas horas de trinchera fría y húmeda, a noches de helada y siniestra espera. Al hambre, al dolor y a la incertidumbre. A la injusticia de verse adheridos a esa posición que defender, uno contra otro… - Con los ojos… ¿cerrados?- le pregunté. - No hijo, no. ¡Con los ojos bien abiertos, la mira en San Pedro y los huevos en la garganta! ¡Así fue como lo hicimos! ¡Sufriendo por aquellos compañeros de la escuela, del taller, del campo, vecinos, familiares, amigos… o simples conocidos de nuestro pueblo, o del pueblo de al lado, contra los que estábamos disparando! ¡Preocupados por ellos antes que por recibir un tiro! No te puedes imaginar lo que es eso. Y como vieran tu cañón más alto que el de al lado… Je, je. Reza, encomiéndate a los Santos y prepara la nuca para recibir tu recompensa al grito de ¡MUERTE AL TRAIDOR! No me equivoco, no. ¡Recompensa! ya que hubo veces que hubiese preferido un tiro en la cabeza que seguir con esa farsa de miedo y muerte a la que nos obligaron a punta de pistola una madrugada del ‘37, a él antes que a mí. Pudimos estar en el mismo bando, pero las circunstancias no lo hicieron posible, y el azar hizo que estuviésemos allí… uno frente a otro… disparando contra los Santos. Ahí estaban los dos, separados por un cenicero triangular de chapa de vermouth “CINZANO”, dos chatos de vino, el palillero y las fichas de dominó. Curiosa trinchera la que tenían ahora ante sí. Cuanto me gustaría que esa fuera la única trinchera que tenga que estar entre dos amigos, que sólo quisieron vivir la vida, y a los que no les dejaron.
Jorge Fernández Holguín
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| Última actualización el Miércoles 20 de Enero de 2010 00:51 |